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La Pedagogía del humor: mejora la relación entre maestro y alumno

Cómo todos sabemos por experiencia, la risa es un acto tremendamente beneficioso para el ser humano. Descarga ansiedad, ya que genera dos sustancias antidepresivas como son la serotonina y la dopamina, moviliza hasta cuatrocientos músculos del cuerpo, relaja tensiones personales y sociales y, por encima de todo lo demás, resulta tremendamente divertida y contagiosa. Pero no hay risa posible en ausencia de sentido del humor, esa representación alegre, burlesca o directamente cómica, de la realidad, que tantos buenos momentos nos ha deparado a todos. Y probablemente por eso, desde hace unas décadas, tanto la risa como el imprescindible sentido del humor que la posibilita han sido utilizados con finalidades pedagógicas.

Numerosos beneficios se derivan de esa lúdica opción pedagógica, que oficialmente se ha venido a llamar Pedagogía del humor: la risa y el sentido del humor aplicado en el aula mejoran las relaciones entre maestros y alumnos, motivan la implicación de los aprendices en lo que se les enseña y estimula su atención respecto a lo que se imparte en clase mientras, entre otras ventajas, mejora los procesos de memorización del alumnado y convierte el acto de aprender en algo apetecible y estimulante, por divertido y creativo. Además, el humor otorga una distancia respecto a aquello que representa desde una perspectiva humorística, que fortalece el análisis y el sentido crítico del alumnado y… como intentaremos demostrar en los próximos ejemplos culturales, también del profesorado.

Una película: Escuela de rock, de Richard Linklater

Dewey Finn (Jack Black), es un irreverente músico enamorado de la música rock, vago y egocéntrico. Malviviendo como mantenido en el piso de una pareja de amigos Ned (Mike White) y Patty (Sarah Silverman), su vida da un vuelco cuando es expulsado por sus compañeros de la banda musical en la que actúa como guitarrista y vocalista, debido a su desmesurado ego. Acuciado por las deudas, este equivalente musical del Ignatius o’Reilly de La conjura de los necios escrita por John Kennedy Toole, encuentra la solución a todos sus males cuando recibe una llamada de la elitista escuela de primaria Horace Green, requiriendo los servicios de su compañero de piso Ned como profesor sustituto. Ocasión que es aprovechada por Dewey para suplantarlo, hacerse con el trabajo e irrumpir en el centro escolar como un elefante en una cacharrería.

Como la película de encargo que es para su director, Escuela de rock puede entenderse como un vehículo de lucimiento para la estrella cómica protagonista envuelto en una espectacular banda sonora para cualquier amante del rock. Pero resulta igualmente válida como una humorística visión de la educación que logra despertar una pasión por el saber que se contagia a este lado de la pantalla, la creatividad, el sentido crítico y la autoestima del conjunto del alumnado, dentro de un entorno educativo tremendamente rígido. Aunque, pese a ser una película “familiar”, Escuela de Rock es una película sorprendentemente sobria en sus maneras y divertido sentido del humor poblada por personajes que son tratados desde el respeto, con sus fortalezas y debilidades, más elaborados y humanizados de lo habitual en este tipo de producciones… a excepción hecha del personaje encarnado por Black.

Porque Dewey Finn es un idiota desvergonzado que se ríe de todo y de todos, mientras invade sin ningún pudor el espacio dedicado a otras asignaturas para enseñar lo único que parece importarle en el mundo, la música, aunque para ello deba utilizar y manipular a su antojo, y sin el más mínimo remordimiento, a sus jovencísimos alumnos con el objetivo de fundar una banda de rock y alcanzar el estrellato.

Bajo esta perspectiva, Escuela de rock muestra, sin que la sangre llegue al río, lo que puede llegar a ser un maestro endiosado por sus alumnos, enamorado de sí mismo, y con una nula capacidad para escuchar a los que le rodean. Lo que sirve, también, como llamada de atención a una vocación que no por importante se encuentra más libre de cualquier vicio que el resto de la humanidad.

Un libro: Botchan, de Natsume Soseki

Natsume Soseki (1867-1916) fue un novelista y poeta japonés. Se podría decir que fue el Dickens japonés y, de hecho, para los japoneses lo es, no en vano su imagen preside los billetes de mil yenes. Soseki es el escritor por excelencia del periodo Meiji, periodo en que Japón se abrió al mundo y se transformó a todos los niveles: social, económico y cultural. El propio autor también se vio influido por los nuevos tiempos ya que estudió lengua y literatura inglesa completando sus estudios con una beca de tres años en Inglaterra. Durante ese tiempo entró en contacto con la sociedad occidental sufriendo constantes choques culturales y llegando a la conclusión de la necesidad de encontrar su propio camino. Y de esta forma, igual que Japón adaptó el modelo occidental, Soseki adaptará su literatura en una combinación de elementos occidentales y nipones.

Su novela Botchan (1906) es una comedia protagonizada por un profesor, una de las favoritas de los jóvenes japoneses y frecuentemente ha sido comparada con El guardián entre el centeno o con Huckleberry Finn. En ella el joven profesor de matemáticas Botchan es enviado a la isla de Shikoku a impartir clases. Nuestro protagonista es ingenuo, obsesivo e irreflexivo, se encuentra en ese momento en que no acabamos de comprender el mundo de los adultos pero ya nos somos unos niños y, sobre todo, no está preparado para el reto que le espera: un mundo rural y provinciano alejado del vibrante Tokio.

En su periplo se enfrenta con todo aquello a lo que un joven profesor que empieza se ha tenido que enfrentar: las trabas de otros profesores, la relación con el propio sistema educativo, las burlas de los alumnos y el cambio de expectativas al enfrentarse a la cruda realidad. Por contra, Botchan se ríe de todo y de todos: del resto de profesores, del pueblo, de las tradiciones japonesas o de la hipocresía de las sociedades cerradas. Con esta descripción se puede dudar en catalogar Botchan como una comedia pero sin duda alguna lo es. Su grandeza reside en tratarse de un relato humorístico sobre las desventuras de este joven profesor y por extensión de lo absurdo, de lo ridículo y de la contradicción que es la condición humana.

 

 

 

 

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