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Ser maestro: la generosidad

Dentro de la profesión docente, la generosidad es un valor casi intrínseco al ejercicio de enseñar, no en vano, tenemos una labor muy vinculada a ser generosos sin recibir nada a cambio. En ocasiones, la labor educativa tiene mucho de prédica en el desierto, de darlo todo sin saber si nuestros alumnos llegarán a buen puerto. Es por ello, por lo que hemos seleccionado estos materiales que ejemplifican de diferentes formas este valor tan de maestros.

 

Una película: En la casa, de François Ozon.

El misántropo y cómicamente amargo profesor de literatura de instituto Germain Germain (Fabrice Luchini) co-protagonista de En la casa resurge de su abúlica rutina laboral cuando uno de sus alumnos, Claude Garcia (Ernst Umhauer), le entrega una redacción en la que describe pormenorizadamente la vida cotidiana del que se supone es el mejor amigo del chico, Rapha (Bastien Ughetto), y su familia, los Artole, en la casa en la que todos ellos viven como una prototípica  familia normal. Pero, pese al inquietante descaro de su alumno, quien le asegura llevar tiempo espiando la casa de los Artole y haberse ganado la confianza de Rapha con la única intención de aproximarse a su atractiva madre Esther (Emmanuel Seigner), Germain se ve prendado, por primera vez en muchos años de carrera como docente, por esa narración que termina con un seductor “continuará”. Y que, a lo largo de las siguientes semanas, no deja de progresar bajo la mirada (y algunas instrucciones) de Germain, más preocupado por el talento literario demostrado por Claude que por su vampírica infiltración en la cotidianeidad de los Artole, parodiada una y otra vez desde las redacciones que le son entregadas periódicamente al profesor.

Un turbio argumento, basado en la obra teatral de Juan Mayorga El chico de la última fila, que es presentado desde algunas de las constantes de su cine por uno de los (muchos) enfants terribles del cine francés, el director François Ozon. Aunque esta vez lo hace con una suavidad, humor y cierta amargura que dan como resultado un tono general muy particular en el que se conjuga desde un desarrollo próximo al culebrón hasta un retorcido juego de espejos entre realidad y ficción o deseo y hartazgo. Y todo desde una mirada doble, las de Germain y Claude, que construyen una historia, la de la burguesía francesa representada por los Alphonse contemplados por el estudiante reconvertido en un Sherezade adolescente, consciente del poder que ejerce tanto en su mentor como en la familia que termina por acogerle como si fuese uno más. Un continuo juego de actos de generosidad cruzados, algunos imaginados, otros reales, muchos de ellos hechos desde el puro deseo de manipulación, que principalmente se producen bajo el paraguas de la relación maestro-alumno establecida entre Germain y Claude hasta el punto en el que sus roles, como la ficción inventada por el estudiante y la realidad de los Alphonse, se diluyen en un todo indistinguible.

 

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Una novela: Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro.

 

Los últimos Premios Nobel de Literatura han querido premiar las conexiones naturales que la Literatura tiene con otros campos. Liderados por Sara Danius, la academia sueca ha querido premiar en sus últimos galardones la conexión de la Literatura con el periodismo (Svetlana Aleksiévich) y con la música (Bob Dylan). Su último premiado personifica los vínculos de la Literatura con otros géneros (literarios) y, de paso, premia a uno de los integrantes de la brillante generación literaria de los Barnes, Amis y McEwan: Kazuo Ishiguro.

Los grandes temas de las obras de Ishiguro (nacido en 1954 en Japón pero afincado desde los seis años en Inglaterra) son la memoria y el olvido, todas sus obras acostumbran a retrotraer a sus personajes al pasado. Sin embargo, para reflejar estas “obsesiones” literarias y fruto de una profunda libertad creativa, ha coqueteado con la novela histórica (El gigante enterrado), con la victoriana (Los restos del día) o con la ciencia ficción distópica con la novela que queremos compartir, Nunca me abandones.

Precisamente, en Nunca me abandones asistimos a los recuerdos de Kathy H. junto a sus amigos Ruth y Tommy en el colegio interno de Halisham donde gozan de una muy formación exclusiva, practican deportes y se fomenta el arte y la creatividad. Allí asistiremos al proceso de maduración de estos niños, a sus inquietudes, al inevitable triángulo amoroso de nuestros protagonistas, etc. Todo nos recuerda a un típico colegio de élite con la única diferencia, al menos al principio del libro, de que todos los alumnos son huérfanos.

Sin embargo, todo es un espejismo, la escuela es tan exclusiva como restrictiva con la idea de tener contactos con el exterior y conforme avanza la trama nos damos cuenta de que nuestros protagonistas no están tanto en un colegio de alto standing como en una suerte de centro de reclusión, esperando la que ha de ser su contribución social, contribución que se nos desvelará poco a poco gracias al relato de Kathy: en primer lugar, la idílica infancia en Halisham, posteriormente, la adolescencia donde nuestros protagonistas comienzan a comprender cual será su destino y, finalmente, la edad adulta, donde afrontaran las consecuencias.

Poco podemos decir de cual es el destino al que se enfrentaran Kathy, Tommy y Ruth sin desvelar detalles clave de la trama, lo único que podemos desvelar es que su función no deja de representar una siniestra y melancólica versión de la generosidad.

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