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“Lo que importa en educación es que la persona sea capaz de construir su propia matriz de valores”

Miquel Martínez es doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, catedrático de Teoría de la Educación y miembro del Grupo de Investigación de Educación en Valores y Desarrollo Moral (GREM) de la Universitat de Barcelona.

Su actividad docente e investigadora se centra en: educación en valores, formación del profesorado, prospectiva de la educación y aprendizaje ético y universidad. Tiene experiencia en política universitaria.

¿Nos podría hablar de su trayectoria y de sus áreas de interés?

Empecé estudiando Ciencias Físicas, pero al cabo de dos años me di cuenta de que me interesaba más el tema de la educación, así que dejé la carrera y empecé Filosofía y Ciencias de la Educación. Eran los años setenta. Después de acabar, entré como profesor en el departamento, en la cátedra de Alejandro Sanvisens. A partir de ahí he desarrollado mi carrera académica en la misma universidad: desde hace unos años soy catedrático en el área de Teoría de la Educación. En cuanto a mi área de interés abarca sobre todo los temas relacionados con la ética y con los valores, así como la educación democrática, la profesión de docente y la formación del profesorado. He tenido una parte de actividad en la gestión universitaria como decano de la facultad y como vicerrector de la Universidad de Barcelona.

En todos estos años, ¿qué cambios ha percibido en el alumnado?

A lo largo de los últimos 35 años se han dado numerosos cambios cualitativos en la sociedad. En el ámbito educativo creo que hay dos cambios cruciales: hemos pasado de una sociedad que identificaba el aprendizaje con un saber enciclopédico a una sociedad donde lo importante es gestionar la información para construir conocimiento y compartir la información que otros crean. Sin duda, este cambio debería conllevar un cambio en las metodologías docentes.

Otro cambio relevante es que vivimos en una sociedad más diversa y abierta, y por lo tanto tener criterio y saber qué es lo que se quiere y cómo optar a ello no es tan fácil; por ello una alfabetización ética es más necesaria hoy que hace años. El hecho de estar en una sociedad más abierta y más libre exige una capacidad de más formación en las personas.

En cuanto a los alumnos, se ha pasado de un sistema en el que la gente acababa en la educación básica y abandonaba los estudios a un sistema de educación obligatoria hasta los dieciséis años. Lo que se ha conseguido con la ampliación de la escolaridad es que la población tenga más nivel educativo, pero eso también ha conllevado una mayor heterogeneidad en las universidades. Los contextos universitarios son más diversos, los niveles de los alumnos no son tan homogéneos y personas que antes no hubiesen entrado en la universidad ahora encuentran su espacio en las aulas de la universidad. En algunos casos eso ha provocado que ciertos profesores piensen que hay alumnos que vienen con menos preparación, o que no son tan buenos como antes. Personalmente creo que los buenos estudiantes de ahora son mejores que los buenos de antes. No es que haya poblaciones con menos formación, sino que simplemente son distintas. Los docentes tendríamos que haber hecho el ejercicio de ajustarnos a estas nuevas promociones…

Quizá la universidad se ha visto desbordada por esta democratización…

Exacto. De alguna manera, esa democratización provoca una masificación; esto hace que las aulas sean más heterogéneas y que la tarea del docente no sea tan sencilla como antes. Ahora, además de exigir más dedicación, al ámbito docente se le exige una rendición de cuentas que antes no existía. Actualmente la sociedad se cuestiona dónde va el dinero que va a la universidad, cómo se forma a los titulados, etcétera. Esta preocupación por la calidad hace que haya más control sobre el profesorado y más dificultad para abordar la tarea docente. Hay que señalar que también ha cambiado el concepto de autoridad: el profesor se ha de ganar esa autoridad, para que sea más una autoridad moral que una imposición. Un profesor tiene que conseguirla con su saber hacer, con su trato y también con su exigencia.

Si a esto añadimos que nacen nuevos recursos para el aprendizaje y para la docencia, se suma más complicación al problema. Hoy día un docente es más multitasking que antiguamente. Antes tenía que ser una persona bien formada, muy bien informada y que supiera explicar. Incluso si no sabía explicar mucho a veces seguía siendo docente. Ahora lo importante es saber transmitir y comunicar muy bien (algo imprescindible cuando los grupos son heterogéneos) y saber aprovechar recursos, lo que implica una formación continua, algo que ocurre también en muchas otras profesiones.

¿Cree que la figura del docente está socialmente en entredicho?

Es curioso, porque según los estudios que se hagan sobre la percepción que tiene la sociedad sobre los docentes, el resultado varía: cuando se pregunta a los padres por los docentes en general, la opinión es mucho más crítica negativamente que cuando se pregunta sobre los docentes que tienen sus hijos, que suele ser positiva. La percepción social del docente en España no es mala, y en los contextos más próximos que conozco, tampoco. En Catalunya, concretamente, hemos hecho estudios para la fundació Jaume Bofill con datos sobre cómo se percibe la tarea del docente.

En los últimos años, la presencia de movimientos de innovación educativa y la imagen que los docentes tienen en la prensa parece ajustarse más a la realidad que antes. Sin caer en el optimismo fácil, diría que progresivamente se está dando una lectura desde los medios de comunicación mucho más razonable: un docente hoy día tiene una tarea esencial en la sociedad. Con los cambios que ha habido en los últimos veinte o veinticinco años –tasas de inmigración, nuevas estructuras familiares, la aparición de las tecnologías que han roto el concepto de quién tiene el saber­–,­ creo que se ha controlado el proceso con una atención minuciosa y consciente a la infancia y a la adolescencia. Pese a los obstáculos y a los recortes presupuestarios, pienso que la tarea de los docentes ha sido excelente.

Por otro lado, también creo que aún queda mucho por hacer para que la sociedad confíe en la docencia y en el papel de la educación. Si analizamos el éxito de algunos sistemas educativos, vemos que no se debe únicamente a los resultados académicos de PISA y que no están solo relacionados con el esfuerzo de los alumnos, sino también con la confianza que tienen las familias y la sociedad en el papel de la educación. En ese sentido nosotros estamos un poco atrasados. Basta con fijarse en la titulación que tiene la población y en los puestos que ocupan: la mayoría de titulados trabajan en tareas menos cualificadas e inferiores. Además, no hay inversión suficiente en I+D. Pienso firmemente que cuando una sociedad cree en la educación sale ganando.

Quizá la crisis ha roto con la idea de que si uno estudiaba una carrera iba a tener un futuro mejor que el de sus padres y a conseguir un buen empleo…

Creo que el problema también reside en no haber hecho un análisis minucioso sobre cuáles son las inversiones prioritarias que tiene que hacer un país. Se ha confundido la inversión con el gasto, y se ha invertido poco en algo que requería mayor inversión, como es la investigación.

En lugar de haber invertido dinero directamente, quizá se debería haber priorizado la formación de secundaria y primaria a nivel docente.

Yo diría que más que en la formación docente, se debería haber priorizado una serie de cosas que gravitan alrededor de la tarea del docente. Por ejemplo, ¿cómo se atienden los momentos de transición de la educación primaria a la secundaria? ¿Y la primera escolaridad, de los cero a los seis años? ¿Hay suficiente oferta de educación de tres a los seis años para los padres que optan por educar a los hijos a estas edades? Creo que es en esas zonas de transición donde es necesario invertir. Los países que tienen éxito en la educación tienen buenos programas de acompañamiento y de ayuda a los que tienen dificultades; cuentan con buenos programas de transición entre unas etapas y otras; se trata de asuntos que trascienden la docencia. Si el docente cuenta con el apoyo de la sociedad y con recursos para la educación, su tarea se optimiza. Con el mismo esfuerzo se obtiene un mayor efecto.

La formación en valores es una de sus áreas de interés. ¿Cree que ha habido una crisis de valores recientemente?

La palabra «crisis» se suele utilizar en términos negativos. Yo, más que de crisis, prefiero hablar de puntos de inflexión. Es cierto que había unos valores que estaban más o menos reconocidos por todos, y que eran socialmente deseables y que, en los últimos años, estamos viviendo en una sociedad más diversa, que alberga diferentes maneras de entender el mundo, distintas maneras de entender conceptos como la autoridad, la importancia de la disciplina, del esfuerzo, de la superación personal… Esto implica que no todos los agentes educativos que rodean a una persona que se esté formando piensen igual. ¿Qué ocurre cuando aparece la diversidad de valores? Pues que la persona que está creciendo no acabe de tener claro cuál es el sistema de referencia en el que se tiene que basar. Es ahí donde la escuela tiene una tarea más compleja, porque tiene que intentar ver cómo hacer que esos sistemas distintos puedan ser trabajados adecuadamente. Es decir, sí que ha habido una crisis de valores en tanto que hay conceptos clásicos que han quedado obsoletos, como el respeto por el respeto o la autoridad por sí misma; ha ocurrido lo mismo con la relación entre padres e hijos. Desde un punto de vista ese proceso de cambio podría verse como algo negativo; en cambio, a mi juicio ha ocurrido algo positivo: hay una mayor confianza en el trato de los padres, con los docentes. La asimetría entre el docente y el alumno, que antes descansaba en la autoridad del docente, se ha roto. Aunque a raíz de ese cambio pueden surgir problemas, también se ha ganado en que la relación es mucho más fluida. Mantener el equilibrio es un buen punto de partida sobre el que trabajar: desde la confianza es más fácil construir normas y principios mucho más sólidos que a partir de la autoridad. Y si es cierto que ha cambiado el concepto de familia, se ha ganado en otros temas: la confianza, la cooperación, la colaboración… Es ahí donde hay que aprovechar esa crisis de valores. Al fin y al cabo lo que importa en educación es que la persona sea capaz de construir su propia matriz de valores, partiendo siempre de la base de que existen unos mínimos valores que todos deberíamos respetar. Y esta es la tarea que debe conseguir un educador en valores.

¿Habría entonces que formar a los alumnos a nivel ético?

Hay que buscar esos mínimos valores comunes para hacer compatibles dos cosas: que las personas actuemos en función del valor de la libertad para construir nuestros modos de vida buena, lo que nos gusta o lo que nos parece adecuado. Y que las personas, a partir del valor de la justicia, seamos capaces de encontrar los valores que nos permitan compartir y llevar una vida justa. Compaginar una vida buena con una vida justa es difícil, porque hay que aprender a renunciar a modos de vida buenos que no son respetuosos con los valores de otras personas. La educación debe centrarse en ese cruce: cómo formar a personas que sean capaces de construir su manera de entender el mundo y a la vez que esa manera de ver el mundo sea compatible con otras maneras de entender el mundo en un mundo que además es plural. Este es el reto de la educación en valores.

Hay tres grandes principios que deberían regir la educación: el respeto a la persona, que incluye el respeto a su autonomía y a su capacidad para decidir cómo quiere ser; ligado a este principio, está el valor del diálogo, pues solo a través del diálogo es legítimo abordar las diferencias, además es necesario no solo para llegar a acuerdos, sino también para vivir en desacuerdo; por último, el tercer valor fundamental sería el reconocimiento de la diversidad. Aunque pueda parecer muy lógico, hay enfoques ideológicos, prácticas educativas y religiosas que no respetan estos principios. El docente debe intentar que esos tres valores estén salvaguardados, y si no es así debería poder resolver ciertas situaciones (familiares, ideológicas, etc.) que vulneren esos valores.

Parece contradictorio que vivamos en un tiempo en el que estos valores que parecen tan básicos a nivel social estén siendo cuestionados…

Es que la tarea del educador es una tarea de resistencia. Lo que no podemos es ampararnos en máximas del tipo «como el mundo está avanzando así…». A la juventud se le achaca la falta de respeto de la que hablábamos antes, pero hay que tener presente que existen muchas dificultades para construirse a uno mismo: nuestra sociedad cosifica a las personas, así que es fundamental desarrollar la capacidad de autonomía desde la educación, aunque eso implique ir en contra en muchas ocasiones de campañas publicitarias, de maneras de funcionar de los partidos políticos, etc. Por eso considero que la tarea de la educación es clarísimamente una tarea de resistencia en torno a los valores. Tampoco puede ser de adoctrinamiento de una posición determinada, porque nadie tiene derecho a imponer un modelo de vida sobre las otras personas. Los alumnos deben estar preparados para enfrentarse a los distintos contextos de la vida y construirse autónomamente con la conciencia de que el diálogo tiene un valor y que la diversidad es positiva. Si se rompe alguno de esos tres valores es muy difícil hablar de sociedades democráticas, pluralistas, sociedades donde la gente seamos más iguales entre nosotros y más libres. Si no lo que funciona es la ley del más fuerte, que es la que rige la sociedad en este instante.

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Más adelante compartiremos la segunda parte de la entrevista. Te animamos a compartir tu opinión con nosotros sobre la entrevista y los temas que trata.

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