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La Ciudad de las Niñas y los Niños: apoderando la infancia

En 1991, el Ayuntamiento de la localidad italiana de Fano pidió a Francesco Tonucci, por entonces miembro del Consejo Nacional de Investigaciones Italiano, que participase en calidad de asesor en La Città Dei Bamibini, o La Ciudad de los niños: una semana dedicada a la infancia que se celebró en esa comunidad durante el mes de mayo de ese año y que terminó con un domingo en el que las calles más importantes de la ciudad fueron cerradas al tráfico para que los infantes pudiesen jugar en ellas. Siete días en los que los niños y niñas fueron protagonistas y participaron en un pleno municipal extraordinario presentando una serie de iniciativas con tanto éxito, que el pleno aprobó un acuerdo para repetir el evento con una regularidad anual y bajo la supervisión del propio Tonucci. Quien, ni corto ni perezoso, escribió una carta al alcalde de Fano proponiéndole una contraoferta: hacer de La Ciudad de los niños no un evento esporádico en la vida de esa comunidad, si no uno permanente que tuviese como objetivo adaptar la ciudad a las necesidades de los niños y las niñas que vivían en ella.

Los cimientos de una ciudadanía infantil

Pero esa primera Ciudad de los niños, que pronto se rebautizó como La Ciudad de las Niñas y los Niños, no fue una casualidad. Ese mismo año, Italia reconocía la Convención sobre los Derechos del Niño que fue aprobada por las Naciones Unidas dos años antes, y que supuso una ampliación de los diez derechos infantiles resumidos en la Declaración de los Derechos del Niño, que a su vez fue firmada en 1959. Este último documento fue escrito y pactado como una forma de protección de la infancia ante la lesa humanidad demostrada durante las dos guerras mundiales pero, gracias a las investigaciones sobre el desarrollo infantil que tuvieron lugar en las siguientes décadas, esta Declaración dio un paso adelante hasta la Convención sobre los Derechos del Niño, donde se defiende el derecho de cualquier menor de 18 años al derecho a desarrollar su propia personalidad, a hacer valer sus intereses cuando se tomen decisiones que le afecten, a la libertad de expresión y de reunión, a la privacidad, a recibir protección, a la educación… y un largo etcétera recogido en los 42 artículos de esta Convención.

Pero la cosa no terminó ahí, si no que pronto saltó a la opinión pública a través de los medios de comunicación, formándose una red de ciudades, inicialmente pequeña, cuyos representantes se reunían anualmente en Fano para intercambiar impresiones y expectativas. El éxito de esta iniciativa supuso que el Consejo Nacional de Investigaciones donde trabajaba Tonucci asumiera el mando de La Ciudad de las Niñas y los Niños, que pasó a ser gestionada con una mayor capacidad desde la capital del país, Roma, ampliando el número de ciudades implicadas a nivel internacional. En el año 2016, aproximadamente 200 ciudades, algunas de ellas con la elevada extensión y número de habitantes de Buenos Aires, integraban la red de Ciudades de las Niñas y los Niños en Italia, España, Argentina, Uruguay, Colombia, Méjico, Perú, Chile y Líbano.

Ciudades por y para la infancia

Uno de los objetivos principales de estas ciudades es tan sencillo que parece una obviedad: conseguir que los niños y niñas salgan de casa solos para poder reunirse con sus amigos, explorar e investigar el mundo que les rodea sin que la presencia de un adulto sea necesaria por cuestiones de seguridad. Pero pese a que pueda parecer una cumbre modesta, los peros a este grado de autonomía que podamos plantear los adultos evidencian que aún estamos lejos de alcanzarla. Y no es la única de las propuestas lanzadas desde estos proyectos en curso que implicarían una reforma profunda de muchas de las ciudades del mundo para que los niños y niñas pudiesen vivirlas en plenitud, pero casi todas ellas chocan con las preocupaciones e intereses de padres, docentes y políticos. Adultos con autoridad sobre las vidas de los niños y niñas a su cargo, y a los que dirigimos la siguiente serie de ventajas sobre la puesta en práctica de la Ciudad de las Niñas y los Niños y que afectan tanto a estos infantes como a sus mayores:

  • Los adultos dedican más tiempo a los niños, a escucharlos y a conocerles más allá de la imagen que puedan haberse hecho de ellos con anterioridad. En este sentido, destacan iniciativas como el Consejo de Niñas y Niños, formado por pequeños elegidos por sorteo y que se reúnen con un adulto para que este transmita al alcalde el punto de vista de dicho Consejo.
  • El urbanismo de las ciudades cambia, privilegiando el papel de los peatones en detrimento del uso del automóvil, obligados a reducir sus velocidades en las proximidades de los llamados caminos escolares, o promoviendo la habilitación de espacios públicos dedicados al juego infantil.
  • En muchas de las ciudades de esta red, numerosos niños y niñas van a la escuela solos, sin la compañía de ningún adulto, en edades que van desde los seis años en adelante. Lo que para muchos puede parecer un hito, pero que sin embargo parte de una filosofía sencilla pero quizás demasiado olvidada: la apropiación del espacio público y de los que están en él no por parte de las fuerzas de seguridad, si no de la propia ciudadanía.
  • Una investigación de carácter permanente, que permita conocer ventajas como las enumeradas hasta aquí y la efectividad de las políticas impulsadas por los niños y niñas de estas ciudades a través de páginas web como la oficial de La ciudad de las Niñas y los Niños, llamada La Città Dei Bambini.

¿Qué opináis de estas Ciudades de las Niñas y los Niños? ¿Vivís en alguna ciudad en las que existan estas redes? Compartid con nosotros vuestras opiniones y experiencias al respecto y, en el caso de que os haya parecido interesante, también este texto con vuestros contactos.

 

Para saber más:

Artículo: Ciudades a escala humana: La ciudad de los niños, por Francesco Tonucci.

Vídeo: La Ciudad de los niños y las niñas de Huesca.

Vídeo: V. Completa. “Hay que cuidar al niño que fuimos y no perder esa mirada”, por Francesco Tonucci.

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