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El afecto | Ser Maestro

Pese a que pueda darse por supuesto, nunca está de más recordarlo: cualquier tipo de formación personal puede quedar incompleta en ausencia de cuidado, respeto o, en definitiva, afecto del docente por su alumnado. Por eso, y a pesar de la distancia que las separa en el tiempo, la siguiente película y libro muestran una serie de relaciones, escolar la una y paternofilial la otra, en las que el afecto profesado por los educadores se convierte, para bien y para mal, en una pieza fundamental en las vidas de aquellos que están a su cargo.

Una película: Profesor Lazhar, de Philippe Falardeau

La comunidad educativa de una escuela primaria de Montreal amanece una mañana cualquiera conmocionada por una doble tragedia: una de las maestras del centro se ha suicidado ahorcándose en el aula en la que impartía clase y además, y por si fuera poco, el cadáver ha sido encontrado por uno de sus jóvenes alumnos: Simon (Emilien Neron). Así da comienzo esta película candadiense, El Profesor Lazhar, que tras este terrible punto de partida se centra en el proceso de su sustitución de la difunta por el profesor de origen argelino Bachir Lazhar (Mohamed Fellag), quien es contratado para intentar recuperar la confianza perdida del alumnado y recomponer el ánimo roto de Simon mientras el centro intenta, peor que mejor, recuperar el pulso perdido por estos terribles acontecimientos. Aunque, por su cuenta, Lazhar arrastra consigo sus propias pérdidas personales y dificultades de adaptación a su nuevo entorno. Así comienza esta tan dura como paradójicamente calmada película alrededor de un docente que intenta llegar a su alumnado para que entre todos ellos logren entender que se esconde tras una tragedia tan incomprensible, y tan malintencionadamente ejecutada, como es el suicidio de su antigua profesora. Una muestra de afecto entendido como entrega a los demás que, al menos en este caso, contempla que para entender el dolor de los demás también hay que gestionar el propio, lo que en el caso de Lazhar implica asumir la muerte de su esposa e hijos, asesinados en Argelia. Una multipremiada película que, a pesar de los elementos en juego, elude toda tendencia al morbo o la demagogia para erigirse en el vivo retrato de la empatía como vehículo pedagógico de primer orden además de plantear el lugar que tiene el afecto en una relación pedagógica: en la distancia que separa la enseñanza de la educación.

Y un libro: Carta al padre, de Franz Kafka

Querido padre. Hace poco me preguntaste porqué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe que contestar, en parte por ese miedo que me provocas y en parte porque son demasiados los detalles que lo fundamentan, muchos más de los que podría expresar cuando hablo”. Así empezaba Franz Kafka (1883-1924) una larga misiva dirigida a su padre Hermann, en la que desgranaba los motivos por los que creía que no le había deparado el afecto y el respeto que se le presuponen a todo progenitor. Una carta, escrita en 1919, con la que el autor de relatos y libros tan fundamentales como La metamorfosis, publicado en 1915, o El proceso, editado en 1925, lograba expresar a lo largo de 103 páginas esos “detalles” que se veía incapaz de expresar de viva voz ante la presencia de su padre y que marcaron considerablemente la obra literaria de este uno de los autores más importantes del siglo XX. A decir de Max Brod (1884-1968), escritor y biógrafo y albacea literario de Kafka, esta carta debía ser entregada en mano al padre del autor de La metamorfosis (que ya os comentamos en un post dedicado a la identidad) a través de la madre de éste pero, contrariando sus deseos, la mujer no solo no le entregó la carta a su esposo si no que se la devolvió de vuelta a Kafka, quien jamás se la entregó a su padre. Como prácticamente toda su obra, fue publicada por Brod en 1952, tras la muerte de su autor, y contraviniendo sus deseos de que fuese destruida cuando él falleciese. Es así como hoy, gracias a esta traición literaria, disponemos de uno de los textos clásicos sobre las no siempre sencillas relaciones paterno-filiales, que en este caso estuvieron marcadas por una falta de afecto que, como suele ocurrir en estos casos, no debilitaron el vínculo existente entre padre e hijo, si no que lo alimentaron con el rencor, frases a medio decir y el miedo a la decepción. Un vínculo que, conviene recordarlo atañe a todas aquellas relaciones que, como las que se dan entre diferentes generaciones de una misma familia, implican a un mentor y a un pupilo.

Para saber más:

Fragmento: Carta al padre, por Franz Kafka.

Trailer: Profesor Lazhar (VOSE).Crítica: Pedagogía en 35 mm., por Javier Ocaña.

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