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Alfabetización audiovisual en tiempos de la imagen digital

La posverdad es un fenómeno cultural del que no existe todavía un consenso sobre su definición exacta o sus causas últimas pero que, a buen seguro, se enmarca históricamente en una sociedad hiperconectada e informada hasta la saturación, y en la que prácticamente todos los datos registrados se traducen de un modo u otro, e independientemente de su grado veracidad, a imágenes y sonido. Por eso, y dada la importancia que esta audiovisualización de contenidos mediáticos tiene y puede llegar a tener en su desarrollo, urge, ahora aún más que en el pasado, un acercamiento a la posverdad desde la alfabetización audiovisual, planteada desde una perspectiva crítica que permita tender puentes con otras alfabetizaciones como la mediática o la digital.

Apuntes sobre un fenómeno global

Desde su elección como palabra del año, en 2016, por parte de los Diccionarios Oxford, la popularidad del término posverdad no ha dejado de aumentar hasta convertirse en una palabra de uso tan habitual como escasamente riguroso, debido en parte a la falta de consenso que existe sobre su sentido último. Empleada generalmente como sinónimo de mentira o engaño, la definición operativa que empieza a asentarse en algunos círculos teóricos es la que comprende la posverdad como una forma de entender el mundo y estar en él. Una cultura en la que la verdad, entendida como elemento sobre el que pivota cualquier relación humana con lo y los que le rodean, ha perdido peso específico como factor determinante sobre la veracidad o falsedad de un enunciado.

La posverdad, generada por la viralización de contenidos de dudosa veracidad a través de la Red, ha sido señalada como el origen del éxito de candidaturas presidenciales como las que dieron la victoria a los actuales presidentes de los EE.UU. o Brasil, Donald J. Trump y Jair Bolsonaro, o a iniciativas políticas como el Brexit, por lo falso de muchas de las afirmaciones de sus respectivas campañas electorales que, sin embargo, les dieron la victoria a ojos de muchos de sus detractores. Pero su repercusión no es tan puntual, pues afecta al ya comentado valor ético de la verdad como fuente de justicia social y consenso democrático, y supone una consecuencia lógica del relativismo posmoderno de finales del siglo pasado, que ha encontrado suelo abonado en las redes sociales y su capacidad para igualar hasta lo indistinguible la opinión, ya sea esta particular o venida desde lo institucional, con los hechos. La criba a la que los algoritmos someten la información a la que accedemos a través de la Red convierte nuestras búsquedas en Internet en cámaras de eco, donde los resultados de búsquedas que aparecen como prioritarios son también los que más se adecúan a nuestro perfil como internautas, creando burbujas de opinión, alérgicas a la diversidad. Vista así, la posverdad alimenta la intuición debilitando el entendimiento y la conciencia, que son la base del desarrollo moral de cualquier persona, allanando el camino hacia el populismo.

Una nueva era para la imagen como fuente informativa

Pero más allá de este deterioro de la verdad en favor de la opinión, no se debería invisibilizar la importancia de la imagen digital en el contexto de la posverdad. Durante los años previos a la existencia de la manipulación digital de imágenes, o de las Imágenes Generadas por Ordenador (CGI según sus siglas en inglés), existía un lugar común dentro del análisis audiovisual que definía lo audiovisual como un documental de su propia existencia. Es decir: que independientemente del grado de manipulación al que se hubiesen sometido los hechos filmados o grabados, estos demostraban ser reales, físicos y tangibles, a través de su presencia en pantalla bajo la forma de imágenes. Una codependencia entre imagen y posible acceso a la verdad que hacía de los hechos filmados una fuente de interpretación de la realidad, ordenada a partir de un sentido determinado que se transmitía al público en forma de película o pieza audiovisual. Ahora, con la popularización y mayor accesibilidad a programas y medios capaces de manipular cualquier imagen y la proliferación de imágenes CGI, que no necesitan de ningún referente real para existir, la verdad no resulta necesaria para elaborar un discurso más o menos convincente a partir de las imágenes. En un entorno marcado por la posverdad, solo hace falta responder a las expectativas de su receptor o receptores para que éstas adquieran el peso de lo creíble.

Algo que puede producirse con prácticamente cualquier información disponible en la Red desde el momento el que casi todos los datos que pasan y probablemente pasarán por ella han sido sometidos a un proceso de audiovisualización digital de elevado realismo, y que comprende desde gráficos 3D hasta los últimamente muy populares Deep Fake, pasando por todo lo relacionado con la Realidad Mixta. Posibles aplicaciones tecnológicas de la CGI éstas, que pueden ser efectivamente muy útiles desde una perspectiva pedagógica, implicando una formación en el desarrollo de la alteridad o, también, en áreas de estudio y desarrollo como la investigación y la creatividad, pero también pueden dar pie a la creación de ficciones elaboradas a la medida de las expectativas de la ciudadanía, en detrimento del valor socialmente consensual de la verdad. Lo que a su vez, y por todo lo comentado hasta este momento sobre las consecuencias de la posverdad, puede producir un grado de fragmentación de lo social sin parangón.

De la verdad y la alfabetización audiovisual

En un contexto como éste, parece obvio que una de las posibles respuestas a la amenaza que supone el brazo audiovisual de la posverdad y las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) sería, como no, una educación en alfabetización audiovisual capaz de empoderar a aquellos que la reciban para conocer los mecanismos narrativos de toda forma audiovisual y, así, ganar en autonomía individual y social. Ahora bien, si este extremo parece lógico, sorprende que el estado de la alfabetización audiovisual, al igual que la mediática y/o la digital críticas, ostente un lugar prácticamente residual en parte del sistema educativo, más ligada a la responsabilidad personal de los docentes que a las líneas pedagógicas de muchos centros.

Y más aún si tenemos en cuenta que la Unión Europea (UE) considera necesaria una formación en alfabetización mediática (y por tanto también y necesariamente audiovisual) como una de las posibles formas de contrarrestar la fuerza de la posverdad en los medios de comunicación, digitales o no. O así lo asegura una Comunicación al Parlamento Europeo, su Consejo, Comité Económico y Social Europeo y, por último, al Comité de sus Regiones que lleva por título La lucha contra la desinformación en línea: un enfoque europeo. Un documento firmado en 2018 en el que, además, se calcula que un 85% de la ciudadanía de la Unión percibe la recepción de información falsa o engañosa como un problema. Lo que nos conduce a una conclusión que desbarata, al menos sobre el papel, la afirmación (¿o era desinformación?) que asegura que la de la posverdad es una civilización en la que la verdad ha perdido peso específico. Y si la búsqueda de la verdad sigue siendo un valor en nuestras sociedades ¿a qué esperamos para implementar una alfabetización que nos dé las competencias necesarias para luchar por ella de forma menos desigual?

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